Madrid es una ciudad llena de contrastes; cosmopolita y tradicional como la que más, castiza y puntera, estresante y también serena. Sin duda hay una ciudad diferente para cada persona, pero hay una faceta que a todos se muestra escondida, solamente destinada a los verdaderos buscadores. Efectivamente, hay un Madrid heterodoxo, diferente y en cierta medida tenebroso. Una cara B que pasa desapercibida incluso a aquellos que se consideran cien por cien gatos. Cuando se pone el sol y empiezan a desfilar los autobuses búhos los edificios adquieren una iluminación a veces mortecina, como si sus antiguos inquilinos quisieran contar, con un escandaloso silencio, las historias de misterio allí acontecidas. Y tú, ¿quieres conocer ese Madrid?

O tal vez deberíamos decir Mayrit, pues es el primer nombre de esta ciudad, que en árabe viene a a hacer alusión a que estaba construida sobre las aguas, y es que los musulmanes que llegaron entre los siglos VIII y IX consideraron este un buen enclave por estar bien abastecido por riachuelos y acuíferos, construyendo estos la primera red de transporte hídrico. Aún hoy se pueden contemplar los vestigios de la más antigua muralla que protegió el bastión islámico en la cuesta de la Vega, junto a la actual catedral de Nuestra Señora de la Almudena. Es posible que al lector le parezca curioso el nombre de nuestra patrona, y es que procede también del árabe al-mudayna, o recinto fortificado, precisamente porque en el mismo muro defensivo tuvo lugar un hecho tan insólito como importante. Antes de llegar los fundadores de la ciudadanía había una pequeña población de cristianos en los alrededores de lo que hoy consideramos el casco antiguo. Estos adoraban y custodiaban con cariño una talla de la virgen cuyo origen legendario estaría en épocas remotas, incluso de cuando vivía la madre de Jesús de Nazaret. Por supuesto, al ver las banderas de la media luna ondeando en el horizonte se apresuraron a esconder tan querida estatuilla allá por el año 711. Y tan bien la escondieron que cuando tomaron Madrid las tropas cristianas de Alfonso VI en el 1083 no aparecía por ningún sitio. Se decretó que los buenos fieles hicieran ayuno y oraciones hasta que apareciera, pero no fue hasta dos años después cuando se mostró ella sola ante la atónita mirada del monarca. Un fragmento de la muralla de la al-mudayna se derrumbó el 9 de noviembre del 1085 y ahí estaba la talla, con las mismas dos velas que encendieron antes de ocultarla, las cuales llevaban más de tres siglos encendidas.

Y seguro que te preguntarás por qué nos llaman gatos a los madrileños. Pues para saberlo habría que regresar a los muros de aquel Mayrit. Justo en aquella época de reconquista, de transición, las tropas de Alfonso VI eran copiosas, pero no es menos cierto que el enemigo estaba bien protegido. Los cristianos no hallaban manera de penetrar en los muros hasta que un joven soldado escaló a pulso y con gran pericia una de las torres, facilitando la entrada a sus compañeros. Por aquellos reflejos felinos del siglo XI hemos recibido nuestro apodo que aún hoy sigue vigente. Y un siglo más tarde, surge la más antigua historia de fantasmas de la que se tiene constancia aquí. Fue en la Puerta de Moros -uno de los accesos de la muralla medieval- donde varios transeúntes vieron tres niñitos que deambulaban por allí, como si hubieran sido abandonados a su suerte. El problema era que al acercarse a ellos, desaparecían, no sin antes pronunciar el nombre de su padre, que era al mismo tiempo su verdugo. Se llamaba Zakar, y no sólo los mató sino que además ingirió su tiernas carnes. Cuando fue capturado y ejecutado aquellos pobres infantes dejaron de aparecer, viendo ya saciada su venganza desde el más allá.

Y es que los fantasmas se muestran siempre con algún objetivo, como el que podía verse en el siglo XIV en la iglesia de san Ginés de Arlés, una sombra sin cabeza de un pobre señor que se encontraba en el lugar equivocado y en el momento más inoportuno. Cuando un grupo de ladrones entró por la noche en el templo estos no tuvieron más remedio que acabarlo con su vida para así no dejar testigos de sus fechorías. Pero el decapitado se cobró asimismo su venganza, desvelando la identidad de los maleantes y también su paradero, procediendo los guardas de Pedro I a su detención para posteriormente despeñarlos por un barranco. Al igual que los tres niños, este fantasma ya no tiene razón de ser pero de noche aún pueden sentirse sus ecos.

Muchos grandes monumentos que tantos turbias tas reciben están rodeados de misterio, como el Palacio Real. Sobre los terrenos donde se cree que hubo una pequeña fortaleza musulmana se levantó el antiguo Alcázar, fortificación que fue especialmente impulsada por los Austrias. De la época de Felipe IV -muy próspera para la ciudad- hemos llegado a conocer gracias al cronista Jerónimo de Barrionuevo que había fenómenos paranormales en el interior del Alcázar, reflejados en forma de ruidos extraños y objetos que se movían solos. Este fue siempre un lugar enigmático, y este halo sombrío se propagó incluso cuando fue asolado por un incendió que dio paso a la construcción del Palacio Real en 1734, ya con Felipe V. Durante las obras los trabajadores tuvieron que vérselas con seres espeluznantes, como unos amortajados que tenían cuernos y rabo y parecían querer trepar por el desnivel del Campo del Moro, o una sombra flotante que empujó a un obrero haciéndole precipitarse a una altura suficiente para acabar con su vida en el acto.

Cuando en un lugar se daba actividad paranormal, antiguamente se decía habitualmente que era un duende el artífice de dichos efectos. Así, se dijo que había casas «enduendadas» en las que eran frecuentes los golpes a deshoras, el movimiento brusco de objetos sin que nadie mediase, y las apariciones fantasmales. Como ejemplo de ello tenemos el palacio de la condesa de Arcos, o el de los marqueses de Cañete en plena calle Mayor. Pero cuando se hablaba de duendes también era posible que los cronistas se refirieran a seres de corta estatura, juguetones, y siempre relacionado con el ser humano. Tal es el caso del duende del Retiro, que precisamente en la época de Felipe V -mientras el rey esperaba la construcción de su palacio- hacía de las suyas por los jardines del Buen Retiro cuando este emblemático parque era solamente transitable por la nobleza y sus invitados. Parejas de recién enamorados paseaban por este vergel mágico y a veces se topaban con un ser feérico que podía hacer crecer exuberantes las plantas y flores a su paso, y que propiciaba un amor fuerte y duradero en los sorprendidos testigos. Fuera esto real o mera leyenda, hoy queda en el Retiro un vestigio de este amigable duende en forma de estatua en la antigua Casa de Fieras, para recordarnos que la naturaleza venció y ya no hay animales allí en pésimas condiciones. Tampoco hay seres humanos exóticos, como los que a finales del XIX se exhibieron allí mismo para deleite de los visitantes.

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Conviviendo con ese episodio oscuro de nuestra historia, en 1885 encontramos el nacimiento de uno de los iconos de Madrid, como es ni más ni menos que Lucifer. Una vez más en forma de estatua -magistralmente diseñada por Ricardo Belver- encontramos esta encarnación de un personaje maldito, el más bello de los ángeles, el favorito de Dios. Pecando en arrogancia -nos dicen los textos bíblicos- se rebeló y fue condenado a liderar las cohortes infernales. La vertiente esotérica nos hace alusión a su nombre, que en latín vendría a significar «el portador de luz» siendo similar a la leyenda de Prometeo, que por traer el fuego a la humanidad fue castigado por Zeus. Podemos imaginar que esta representación creó un gran revuelo en aquella sociedad cuando fue colocada en el Retiro a 666 metros sobre el nivel del mar, sin embargo su calidad y belleza están por encima de todo debate. Una pieza única en el mundo de la que podemos presumir.

A caballo entre el siglo XIX y XX vivió el más comentado y legendario matrimonio cuando hablamos de misterio. Los marqueses de Linares -José de Murga y Raimunda Osorio- se construyeron un fastuoso palacio en plena arteria principal, en la plaza presidida por la eterna diosa frigia Cibeles, arquetipo de la fertilidad. Sin embargo la realidad nos dice que la pareja falleció con muy pocos meses de diferencia, heredando el título de marquesado una ahijada suya al no dejar descendencia. Aquí entra de lleno la leyenda, que por su parte nos cuenta que los marqueses esconderían algunos secretos, como que eran hermanos por parte de padre -Franciso Mateo de Murga-, y que tuvieron una hija, la pequeña Raimundita, que falleció entre los muros del palacio antes de poder ser presentada en sociedad. Recalcando que estamos ante una leyenda, está viene acompañada de una serie de fenómenos paranormales detectados especialmente entre finales de los años ochenta y los noventa, cuando se estaba construyendo allí la actual Casa de América. Algunos investigadores realizaron fotos con impactantes anomalías, otros capturaron en vídeo lo que parecen espectros, y hubo quienes consiguieron obtener genuinas psicofonías, obviando las falsificaciones de Sánchez de Castro. Mientras tanto, más de un vigilante de seguridad y algún que otro trabajador ha sido testigo de lo insólito. Así que con sus luces y sombras, con su leyenda y realidad, este sigue siendo un enclave tan enigmático como impactante por su gran belleza, digno de ser recordado y visitado.

A escasos metros del palacio de Linares nacieron en los sesenta unas charlas ufológicas en el Café Lion, herederas de las tertulias literarias y políticas que allí tuvieron lugar treinta años antes y que recibieron el curioso nombre de «La Ballena Alegre». En los sótanos de esta cafetería el aficionado a la astronomía Fernando Sesma presidía acalorados debates sobre unas cartas -e incluso llamadas telefónicas- enviadas por unos supuestos extraterrestres del planeta Ummo. En sus comunicaciones hablaban de avanzados aspectos científicos y describirían detalles de su vida cotidiana. A pesar de que en los noventa el investigador José Luis Jordán Peña reconoció el origen fraudulento y su participación en este caso, siempre quedó una gran neblina sobre algunas de sus sombras y sus necesarios cómplices, habiendo incluso quien creyó que se había dado carpetazo cerrándolo en falso. En cuanto a «no identificados», aquí siempre se recordará cuando en 1968 cientos de ojos se posaron sobre un extraño objeto que surcaba la Gran Vía llegando a detener el tráfico, o todas aquellas luces inexplicables que se han visto alrededor de la sierra y de los pantanos, a veces acompañadas por sus tripulantes, como en la presa del Atazar. En fin, que aquel «de Madrid al cielo» se nos ha quedado un poco corto, y habría que cambiarlo por «de Madrid al misterio», porque aquí abunda en sus plazas y edificios antiguos en forma de elegantes espectros, traviesos duendes y escurridizas luminarias.

 

Álvaro Martín