El 6 de agosto de 1945 un resplandor en Japón cambió el mundo para siempre. La quimera de la energía nuclear se había convertido en una devastadora realidad. El camino hasta aquella explosión nuclear no fue ni mucho menos obvio. Muchos dudaban del potencial de la energía atómica, considerándolo otro delirio esotérico de Hitler (No olvidemos que el programa pionero nazi fracasó, pero iba muy bien encaminado), otros temían que tratar de desentrañar la ligazón última de la realidad – el átomo – iba a suponer una reacción en cadena que incineraría toda la atmósfera del planeta tierra. Al final, Hiroshima y Nagasaki demostraron a una terrorífica pequeña escala la capacidad destructora que el hombre se había otorgado a si mismo. Oppenheimer, máximo responsable del Proyecto Manhattan, no pudo resumirlo de mejor manera que citando una estrofa del texto sagrado hindú Bhagavad Gita: “Ahora, me he convertido en la Muerte, destructora de mundos.”

Pero a decir verdad la mayoría de los científicos, políticos y militares no compartieron la angustia existencial y el sentido de culpabilidad de Oppenheimer, más bien todo lo contrario. Las detonaciones nucleares de 1945 no supusieron una reflexión conjunta de la humanidad sobre los riesgos de la energía atómica, sino que fue el pistoletazo de salida de una frenética carrera armamentística sin precedentes, espoleada por la creciente tensión entre los bloques ganadores de la 2º Guerra Mundial: Estados Unidos y la Unión Soviética. En cuestión de pocos años, la potencia de ls bombas de fisión Big Boy y Fat Man lanzadas en Japón era insignificante si se comparaban con los misiles termonucleares y los dispositivos de neutrones. En pleno cénit de la Guerra Fría las potencias nucleares tenían una absolutamente irracional sobrecapacidad nuclear capaz de asolar el mundo repetidas veces. De hecho, pese a la distensión, esta capacidad de arrasar el planeta persiste.

Pero no fueron técnicas y científicas las únicas lecciones que se extrajeron de las explosiones nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Los ejércitos y el armamento convencional eran, y lo siguen siendo, importantes, pero a partir de entonces para ser respetado en el escenario diplomático internacional era imperativo convertirse en una potencia nuclear. Y, por el contrario, la clave para mantener la hegemonía militar por estas potencias era formar parte del monopolio de países con armamento nuclear . De ese modo, la proliferación de las armas nucleares suponía una indeseable tábula rasa en el equilibrio estratégico entre países, así como un probable camino al holocausto nuclear. Conservar y gestionar el monopolio nuclear se convirtió en una de las prioridades absolutas de ambas hiperpotencias.

España tras el fin de la 2º Guerra Mundial se encontraba en una posición tan delicada como contradictoria. Por un lado, se había declarado formalmente neutral en la contienda. Si bien por razones ideológicas al comienzo de esta simpatizó con Italia y Alemania, al final se posicionó con los aliados que encabezadas por Estadios Unidos ganaron la guerra en nombre de la democracia formal y el libre-mercado, liberando a Europa del yugo fascista y acabando con unos regímenes que se parecían mucho a la dictadura de Franco. No obstante, en el escenario de bloques que emergió en 1945, el furibundo anticomunismo de Franco fue considerado como un mal menor y poco a poco la España franquista se convertiría en un anómalo aliado de Estados Unidos y de las potencias occidentales frente a la amenaza soviética. No hay nada como un enemigo común y comunista.

Pero Franco y su alto mando no las tenían todas consigo. Era consciente de que Estados Unidos, Inglaterra o Francia eran democracias liberales en cierta manera antagónicas del funcional autoritarismo del régimen franquista y le daba miedo con las circunstancias propicias podrían o bien ejercer presión diplomática, tomar medidas económicas contra España o, en el peor de los casos, incluso propiciar una intervención militar. La única manera de asegurarse cierto respeto en un concierto internacional que le ninguneaba era desarrollar nuestra propia bomba atómica.

A pesar de la gran penuria económica y aislamiento internacional que vivía el país, Franco decidió iniciar el programa nuclear español que tenía el poco disimulado objetivo de dotar a España de capacidad militar atómica. Para conseguirla su primer paso fue crear en 1951 la Junta de Energía Nuclear (JEN), un centro de investigación que tenía el objetivo de desarrollar la explotación de la energía nuclear con fines civiles.

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Este programa fue impulsado, no obstante, por Estados Unidos que, si bien querían mantener a toda costa el monopolio de la capacidad de disuasión nuclear, era consciente de que existía un enorme potencial industrial en el desarrollo de centrales nucleares con uso civil. (Y en cierta manera les permitía monitorizar y controlar los avances posibles de esos países que, si los americanos se mostraban muy escrupulosos, siempre podrían abrazar la ingeniería soviética) No olvidemos que, por aquel entonces, la energía nuclear se consideraba la absoluta panacea y buena culpa de ello era fruto del desconocimiento y también de las malas artes del lobby del complejo industrial-nuclear estadounidense, una sus sectores más prometedores.

España fue uno de los beneficiarios de ese programa de transferencia de tecnología nuclear (junto a otros países como, ejem, Irán) y al frente se situaría nuestro más prometeico personaje: Guillermo Velarde. Un brillante científico y militar español que se formó en Estados Unidos y que combinaba a la perfección los rasgos esenciales para impulsar el proyecto: un gran conocimiento técnico y un elevado patriotismo que sin duda le convirtieron en la persona perfecta para pilotar aquel intento de elevar a España a lo más alto de la escena internacional.

Velarde tomó las riendas de la JEN. En su sede, en plena Ciudad Universitaria de Madrid, se había instalado el primer reactor nuclear de España con fines científicos. Bajo su tutela y amparados por el plan de desarrollo de energía civil (Que no era una pantalla, sino que era absolutamente necesario para obtener los elementos necesarios para la fabricación de la bomba), nació el Proyecto Islero, bautizado así en honor al toro Miura que mató a Matolete. La bomba más castiza comenzaba a ser una realidad.

El Proyecto Islero recibiría un gran arreón en 1966 cuando de manera absolutamente imprevista (A bien seguro, alguien lo interpretó como una señal de los Cielos), un bombardero estratégico B-52 tuvo un accidente sobre el espacio aéreo español con una carga de cuatro bombas nucleares. Rápidamente Estados Unidos inició un protocolo de Flecha Rota con dos objetivos: minimizar los posibles daños a la población civil nativa, y el más prioritario: evitar a toda costa que las autoridades españolas se hicieran con la bomba. En los acuerdos militares firmados de entre España y Estados Unidos, se afirmaba con rotundidad que en el improbable (casi imposible, vamos) caso de que se produjera un incidente como este, el ejército de Estados Unidos tenía la legitimidad de tomar el mando de la búsqueda y recuperación de su arsenal. Tres de las bombas fueron encontradas con facilidad pero una cuarta que cayó al mar, sería recuperada 80 días después gracias a la colaboración de Francisco Simó, conocido ya para la posteridad como Paco el de la bomba, un testigo del accidente ignorado en un principio,  y  que gracias a sus indicaciones , se pudo identificar el lugar exacto donde descansaba en el fondo del mar. La rápida reacción estadounidense no impidió, no obstante, que Guillermo Velarde, pudiera observar los restos de los artefactos y tener acceso a su tecnología, así como suficiente información para avanzar enormemente en el desarrollo de nuestra bomba patria.

En 1970 el proyecto seguía avanzando viento en popa cuando se produjo un incidente que mucho tendría que ver, de manera indirecta, con el inminente fin de nuestro programa nuclear. Un día cualquiera de otoño de aquel año un control rutinario de las aguas de la desembocadura del Tajo en Lisboa arroja unos resultados tan sorprendentes como inquietantes: acaban de descubrir un elevadísimo aumento de las lecturas de radioactividad. Las autoridades portuguesas comienzan a investigar y rápidamente llaman la atención de los servicios de inteligencia estadounidenses que no tardan en atar cabos. Aquello no tenía nada que ver con Portugal que tenía una industria nuclear en pañales y sin visos de desarrollo.

En 1968 en las instalaciones del JEN de Madrid situadas en la Ciudad Universitaria se había instalado un mini reactor nuclear: el Coral II, proporcionado por Estados Unidos, nuestro aliado y proveedor. Este reactor se utilizaba para fines científicos en pleno centro de Madrid. En esas mismas instalaciones, el sábado 7 de noviembre a las 11:00 de la mañana se procedía al trasvase de unos desechos radiactivos cuando una válvula abierta por descuido vertió el líquido radioactivo en el desagüe general de Madrid contaminando el río Manzanares y acabando por llegar hasta Lisboa a través del río Tajo.

Tal era el grado de desconocimiento de los peligros de la energía atómica, incluso en 1970, que no hubo plan de contingencia. La fuga fue detectada de manera inmediata, pero era fin de semana y los operarios se fueron de fin de semana. Aquel vertido continuó hasta el lunes 9 de noviembre. El secretismo de este incidente fue tal que no se puede evaluar bien cuales fueron las consecuencias. No hubo víctimas directas ya que aquel percance fue reparado por equipos debidamente protegidos. Tampoco se cree que hubiera personas afectadas por el síndrome de radiación aguada. Pero si consta que se detectaron huertos regaron sus cultivos con dicha agua. Durante semanas, cosechas y suelos fueron recogidos, valiéndose de ingenieros equipados con la última tecnología, así como los llamados ratoneros, operarios ataviados con un simple mono y guantes que se dedicaban a rastrear acequias y huertas para localizar puntos de fuga y contaminación en la cuenca del Manzanares.

La recogida de cosechas y tierras contaminadas, que se hizo en secreto en los meses posteriores, supuso así el enterramiento de importantes cantidades de residuos radiactivos en las instalaciones del JEN, posteriormente rebautizado como Ciemat,  y en lo que es ahora la zona deportiva del Parque de la Dehesa de la Villa de Madrid. Hoy en día, aunque buena parte fueron también trasladados a una mina, debajo de alguna de sus zonas asfaltadas descansan hectáreas de tierra recuperada y sacos de vegetales contaminados. El reactor no obstante fue desmantelado, aunque todavía hoy en día se puede observar parte de las instalaciones la torre de del depósito de agua que lo alimentaba. Madrid tiene el dudoso honor de ser una de las pocas, si no la única, capital del mundo con un cementerio nuclear bajo su subsuelo.

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Pero ¿qué fue del programa nuclear español? No se sabe a ciencia cierta pero el incidente de 1970 debió poner nuestro furtivo programa bajo el radar estadounidense. Pese al entusiasmo que científicos como Velarde o el propio Almirante Carrero Blanco mostraban, afirmando que estábamos sólo a un ensayo en el Sahara para ultimar nuestro programa nuclear. (Apoyados no lo olvidemos por nuestro vecino francés. De Gaulle quería contrarrestar la hegemonía estadounidense, e impulsar de paso su industria, y se prestó ayuda a los programas tanto españoles como israelís de desarrollo nuclear) Franco se echó atrás posiblemente por temor a truncar la evolución de una España que salía de su proverbial aislamiento y abrazaba a la comunidad internacional a través de un crecimiento económico, de la inversión extranjera y un boyante turismo. Todo aquello estaba en peligro si Estados Unidos consideraba a España, de nuevo,  un país proscrito y a Franco un dictador feroz.

El declive de salud del Caudillo supuso un inesperado revival del programa nuclear con un final absolutamente conspiranoico. Carrero Blanco es nombrado presidente del gobierno y se ve obligado a lidiar con una creciente beligerancia marroquí que amenazaba el Sahara Español y las ciudades de Ceuta y Melilla . Estados Unidos, aliado también de Marruecos, se inhibe de su pugna con España y deja claro al Almirante que, sin capacidad nuclear, España no va a ser respetada ni por Marruecos ni por nadie con lo que con Franco ya gravemente enfermo se empieza a considerar de nuevo la opción nuclear como fórmula para reposicionar a España. El 20 de diciembre de 1973 un atentado de ETA pone fin a la vida de Carrero Blanco. Siempre se ha especulado que dicho atentado, pese a las declaraciones en contra de los perpetradores del mismo, fue realizado con el apoyo y la asistencia de los servicios estadounidenses que, entre otras cosas, querían poner fin al máximo valedor del programa nuclear español.

A partir de 1973 el ambicioso y a punto programa nuclear español entra en un declive irreversible. La instalación de la democracia parlamentaria, la integración de España en el concierto internacional, harán cada vez menos necesario el desarrollo de nuestra bomba atómica, y nuestros esfuerzos se dedicarán en exclusiva al impulso de la explotación civil de la energía nuclear.

En 1986, España entra en la Alianza Atlántica y opta por adherirse al Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares. Ya somos un alumno obediente que hace los deberes. Atrás quedan nuestros sueños de ser una potencia regional de primer orden. Lo que siempre permanecerá con nosotros, será su imperecedero legado radioactivo: un cementerio nuclear que reposa a no muchos kilómetros de donde estás leyendo esto.